Una, dos, tres balas.
Tres balas perforando mi
cuerpo con un tiempo específico entre cada una. Formando un triangulo que
podría considerarse perfecto, con ángulos increíblemente agudos.
Sentí la primera
golpearme directamente en el esternón, “Buena puntería”, bromeó mi inconsciente
siendo irónicamente inconsciente. Ese primer golpe lo sentí doloroso pero
cálido, los recuerdos más felices de mi vida bañaron mi visión con colores
lejanamente brillantes. Recuerdos de cada época, de cada viaje, de cada risa
verdadera. Sin duda alguna, eso fue lo que hizo que mi sangre se sintiera más
cálida y dulce al traspasar mí piel y manchar tristemente mi remera.
La segunda bala golpeó
algún órgano en el costado derecho de mi abdomen, un órgano que nunca podría
decir cual fue. Este sin embargo fue de un gusto amargo, asido. Parecía que un
millón de años desde el último impacto habían pasado, no solo porque había
revivido de una forma penosa un montón de recuerdos de toda mi vida, sino
porque prácticamente había olvidado lo que se sentía cuando una bala perfora tu
cuerpo. Un montón de recuerdos volvió a nublar mi visión pero esta vez con
colores oscuros y sombríos que me eran más familiares que sus contrarios y
junto con estos un montón de mis recuerdos más tristes y lastimeros. Estos
competían con la cantidad de los recuerdos felices, jugando a quien poseía más.
No podría decir quién
ganó.
Mis piernas fallaron y si
no fuera por mi preocupación por el supuesto dolor que las balas infligían
sobre mi cuerpo hubiera jadeado cuando mis vertebras chocaron con el piso frío.
Y digo supuesto dolor porque no era precisamente eso lo que me dolía, sino el
de lo que me estaba pasando. Porque algo que es incluso más doloroso que estar
sintiendo balazos perforando tus órganos es la angustia de saber que no podrás
sentir nada más.
La última bala exploto
justó del otro lado de mi abdomen. Lo sé porque oí un lejano ruido familiar,
aunque no sabría decir cual, sin embargo, esta fue mi favorita porque no me
hizo experimentar el dolor de no poder volver a vivir ningún recuerdo feliz,
como lo hizo la primera, ni el dolor a todos los fallos, errores y tristezas de
la segunda.
Simplemente el dolor de
una bala impactando en el cuerpo del que alguna vez había sido dueña.
Así, de esa forma, deberían
ser todos los balazos: sin más dolor que el frío.
De todas maneras son cosas que no podrás
olvidar, inclusive estando tres metros, bajo tierra.
Valentina Forteza









